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Boda en la Palma del Condado. Daniel y Gloria

Aquella carretera que ya había recorrido una vez volvía a llevarme a la glorieta de entrada de la Palma del Condado, como aquel día de hace unos años en la boda de Aarón y Ana Belén el calendario y la situación que vivimos había querido que llegara a esta boda casi a última hora.

Una nueva normalidad, cada vez más cargada de restricciones, conseguía acostumbrarnos a base de bombardeo mediático, que lo aconsejable era alejarnos de los amigos, distanciarnos de los compañeros, filtrar a la familias, y sobre todo tratar de protegernos del prójimo. Algo, que si no dudo que fuese necesario no podemos negar que nos ha debilitado a todos.

Y como el oasis que aparece cuando el desierto se muestra más desmedido, alguien te ofrece un sorbo de agua fresca para no desfallecer.

Las puertas de una solariega casona reformada se abrieron en aquella calle San Antonio de la Palma, allí un familia venida de Madrid nos recibía justo antes de dar las diez de la mañana el padre comunicaba a su familia de 8 hermanos, la llegada de los fotógrafos. Unos minutos más tarde en el numero 6 de una estrecha calle alargada, un viejo portón de madera flanqueado por ventanales de hierros torneados, nos permitía el acceso a ese zaguán, distribuidor, descansillo, salón de juegos de suelos de terrazo, e innumerables funciones más, que repartía habitaciones a lado y lado. En el fondo La luz de la mañana, entraba abriendose paso y deslumbrando un patio alicatado de azulejo sevillano a media altura. Padre e hijos, cuñados y sobrinos, bromeaban con la corbata, la novia trataba de alejarse del tumulto refugiada en su maquillaje, justo allí donde yo ya había imaginado, en las dos horas siguientes las emociones se entrelazarían sin descanso.

A partir de aquí todo parecía discurrir a un ritmo diferente, con una intensidad y a una escala mucho mayor de lo que según me habían inculcado debería ser la normalidad.

Ocho hermanas y cuatro hermanos, y eso sin contar con los cuñados y cuñadas, los niños y sus carros, el ramo, los zapatos, el vestido, el velo, los padres y sus nervios, los vecinos y sus ganas de ver a la novia, las amigas y sus pamelas y tocados.

Pobre de mí que estuve apunto de olvidar el calor de un abrazo, las risas de una hermanas, la copa de vino de quién recibe al recién llegado, las bromas a los cuñados, la pataleta del bebé y la admiración de los pequeños al ver a la novia, los vecinos y a mayores apostados desde temprano guardando su distancia en la acera de enfrente esperando a la niña de hace unos años, convertida en mujer.

Sí, difícil asimilar que la boda de una pareja Daniel y Gloria y sus 20 hermanos nos llevara de sopetón a una normalidad tan añorada como querida, la normalidad del día en el que dos jóvenes ratifican su fé, y se unen en matrimonio compartiéndolo con los suyos como tanto habíamos esperado.

Gracias por dejarnos compartir este día con vosotros, os dejo con las fotos de la edición del día, un pequeño adelanto de vuestro reportaje, que sin duda es el nuestro también.

Fotos. Miguel Márquez – Toni Cano.

*especial agradecimiento a Toni enorme fotógrafo, porque ante un problema personal, me acompañó en este día.

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